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La macabra historia de San Valentín La macabra historia de San Valentín
Todos hemos pensado alguna vez eso de Bah, si San Valentín es un invento de los centros comerciales Y si no lo hemos pensado, ahí han... La macabra historia de San Valentín

Todos hemos pensado alguna vez eso de Bah, si San Valentín es un invento de los centros comerciales Y si no lo hemos pensado, ahí han estado nuestros padres, 40 años felizmente (e irremediablemente) casados, cansados de regalarse mierdas varias, para recordarnos que San Valentín es una pantomima, que ya hicieron la vista gorda con los Reyes, Papá Noel, el Día de la Madre, el Día del Padre… Pero, ¿San Valentín? Bah, tonterías.

Pero el caso es que movida por la curiosidad (y porque quiero regalo este año, guiño, guiño, cariño), me he puesto a investigar, y resulta que, quédate ojiplático, ¡San Valentín tiene historia! Que sí, que sí, que hay una historia con todos los ingredientes: un Papa, un cura, bodas clandestinas y latigazos… lo típico del día de los enamorados, ya sabes. Procedo a contaros el origen de esta fecha de corazoncitos y latigazos de amor.

La macabra historia de San Valentín

descarga-1Pues resulta que para hablar del origen del día de los enamorados tenemos que remontarnos a la antigüedad (esa época tan delimitada en nuestras cabezas), y a Roma, esa ciudad de uvas y dioses molones que se dedicaban a las orgías y a darle al buche. El caso, que en Roma había una fiesta dedicada a la diosa de la fertilidad, que tenía el sencillo y bonito nombre de Lupercalia, y cuya fiesta era maravillosa, pues en el día de Lupercalia las mujeres, para ser fértiles, tenían que ser golpeadas con látigos.

Para más morbo y festejo (qué fiestón, oye), los látigos los hacían con piel de perro y de cabra y ojo, los mojaban en la sangre de esos mismos animales. Que sino no eras fértil, así que pon la espalda y tápate la nariz, que huele a perro muerto. El caso, que con este ritual se le otorgaba fertilidad a la mujer.

Eso por un lado.

Por otro lado, existía un sacerdote llamado Valentín que se saltaba la ley de los romanos a la torera y se dedicaba a casar a parejas al modo cristiano, a lo clandestino. El caso es que el día de Lupercalia, además de
hinchar a latigazos a las mujeres, era el día en el que más casamientos se producían y Valentín tenía la agenda a tope de curro cada 14 de febrero.

El caso es que los romanos se chinaron un poco y empezaron una persecución que acabó con Valentín detenido y el lugarteniente que lo había atrapado, Asterius, empezó a mofarse de la fe cristiana y a decirle a Valentín que si tanto molaba casarse por la iglesia, que obrara un milagro, y entonces le dejarían celebrar sus casamientos en paz. Total, que le planteó un “no hay huevos” en toda regla al sacerdote, y Valentín ni corto ni perezoso curó de la ceguera que sufría una de las hijas de Asterius, que se quedó un poco fliapado.

Pero como las historias de la Biblia no pueden ser sencillas, hubo un problema. Valentín se enamoró de la hija de Asterius, con lo cual el lugarteniente se cabreó más todavía y, a pesar  de que Valentín había devuelto la vista a su hija, le ejecutó igual ¿Adivináis qué día? Pues el 14 de febrero fue decapitado el pobre hombre.

Justo el día de su ejecución, el sacerdote le mandó una carta a la hija de Asterius en la que le declaraba su amor y firmada como Tu Valentín, y de ahí nace la tradición de mandar cartitas y notas de amor cada 14 de febrero.

Siglos más tarde, en el año 496 (ojo que fue ayer), el papa Gelasius I estableció que no estaba bien esto de darle de leches a las mujeres, que igual eso no tenía nada que ver con la fertilidad, y prohibió la celebración de Lupercalia así como decidió que como Valentín había estado años dando por saco a los romanos y casando a la gente, y además había obrado un milagro, se le canonizaría como San Valendescargatín y el día 14 de febrero pasaría de ser un día de fertilidad y latigazos, a un día de cartitas de amor.

18 años más tarde el rey Carlos VI de Francia se aburría y decidió que cada 14 de febrero se celebrarían una serie de justas, una especie de  espartan races entre los cortesanos para conseguir pareja entre las doncellas fértiles del pueblo, generándose así una lucha de testosterona y golpes en el pecho que divertía a todos por igual (bueno, a las doncellas, más, creedme).

En 1416, el duque francés Carlos de Orleans (estos franceses que románticos son), tras haber sido capturado en la batalla de Azincourt y encerrado en la Torre de Londres (éste no era como Gandalf el pobre y allí se tuvo que quedar), escribió la primera carta de amor de San Valentín que se conserva, a su mujer, Bonne de Armagnac.

Con el paso del tiempo la festividad se fue haciendo famosa, primero en Francia e Inglaterra, luego en Alemania y en Italia, y como no íbamos a ser menos, (que se lo digan a Halloween),  en España.

¿Y de dónde carajo sale Cupido? Si aquí ni hay ángeles, ni flechas, ni na….

Pues Cupido es de bastante después, de 1842, y como todos los personajes molones procede de América, donde una mujer llamada Esther Ángel Howland decidió que el marketing era una buena idea, y comenzó a vender las primeras tarjetas postales masivas de San Valentín, conocidas como Valentines (súper original todo) y decoradas con corazones y angelitos con flechas. Así de sencillo, y luego yo me devano los sesos para tener una idea que lo pete en Instagram y me haga rica.

Esta es la teoría occidental sobre el día de los enamorados, porque en los países nórdicos, por ejemplo, los vikingos y demás, establecían que el periodo de amor se sitúa en las fechas de apareamiento de los pájaros, que es como una época de creación y fertilidad.

Ahí os lo dejo, espero que hayáis aprendido un montón y que recibáis algún regalo, aunque sea una cutre tarjeta de San Valentín.

Corto y cierro.